Astromántico

(o de cómo alguien se enamoró de unos lesbianos mientras era feliz sin saberlo, o de cómo Barcelona nos cambió para siempre)
  Afuera se abría un amplio patio interior, lleno de terrazas tristes y de pintura desconchada, jaulas con pájaros, pero también una gran huerta con árboles frutales, lechugas, tomates, un alpendre, una pequeña casa humilde de ladrillo deslucido. Era la huerta de un hogar que había terminado por quedarse encerrado entre un mar de edificios de cuatro alturas, doctor Turró, ay doctor Turró... Un anciano vitalista se levantaba cada día temprano y cuidaba de sus plantas, arrancando las malas hierbas, regándolas, jugaba con su perro. Su mujer había muerto hacía décadas, y los últimos días de su existencia transcurrían entre edificios, en aquel vergel entre lo artificial y la tierra, mirando el cielo, un cielo oculto por ventanas y persianas de lona verde, un cielo de antenas, pero al fin y al cabo, un cielo. Casi siempre despejado, casi siempre cruzado de nubes altas, casi siempre vacío. Más allá, montañas bajas besando una costa plácida y aburrida. Más allá, la gran ciudad.

  A mí me gustaba apoyarme en la baranda del pequeño balcón, respirando tranquilamente el aire de un atardecer cálido tras un día asfixiante, me gustaba apoyarme allí en paz conmigo mismo, escuchando cómo tú hacías cosas en el piso. Me gustaba ver como el azul celeste se iba perdiendo en un mar de oscuridad, hasta que lo único que alumbraba el cielo eran los puntos rojos de las antenas y alguna que otra estrella despistada. Observando como de los pisos nacía la luz artificial de seres que se despertaban, como se alzaban las persianas para dejar pasar el fresco nocturno, el motor de los coches desde la calle. A lo lejos notaba el palpitar de la gran ciudad, e internamente la odiaba aunque no supiese por qué, añoraba mi tierra húmeda como un imbécil trasnochado, inconsciente como un niño pequeño de la felicidad que atesoraba. Pero en aquella baranda, en aquel rincón... allí todo era diferente.

  Podría pasarme allí horas y horas. Era tan tranquilo, tan plácido... una sensación impagable.

  Y un día, en lugar de estudiar, estaba apoyado en la baranda, mirando como el anciano jugaba con el perro, lanzándole un tomate verde que se había caído de la tomatera, y que se iba destrozando con el paso de los minutos, pronto naturaleza muerta. Detrás de mí, en la habitación, alguien cantaba algo acerca de un domingo astromántico, y la canción era tan bonita y yo estaba tan tranquilo, todo era tan perfecto... tan perfecto que sabía que cualquier brisa podría derribar aquel castillo de felicidad del que ambos éramos inconscientes.

  Doctor Turró, ay doctor Turró,... ¿cuánto puedo seguir añorándote?

  Me acerqué al portátil y grabé en la memoria USB aquella canción, y luego te la llevé al salón, en donde tú estudiabas sesudamente las hojas blancas y sin sentido, tensa con las arrugas en la frente, el flequillo negro caído sobre tus ojos, el gesto serio.

  No dije nada, sólo te dije que escucharas la canción, y luego me fui de vuelta a la habitación, de vuelta a la baranda. Añorando sin saber exactamente qué es lo que echaba de menos.

  Tú no escuchaste la canción de inmediato, esperaste un rato creyendo que era otra de mis tonterías. Para cuando le diste al PLAY...

  Fue amor a primera vista.

  PD: a veces, unos perfectos desconocidos pueden hacer cosas por nosotros de las que ni ellos ni nosotros somos conscientes.

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